
Nada hay capaz de conmover más a una sociedad entera que la desgracia y sobre todo la desgracia ajena. Todo se mueve, se solidariza y se interesa en torno a los malos augurios, lo oscuro, cuando los sentimientos que el hombre lleva en el fondo del pozo de su alma salen a la luz. Y esto ocurre en demasiadas ocasiones.
Las radios locales vomitan la noticia del mes, del año. Una familia ha sido asesinada en su domicilio, cosidos a puñaladas, por alguien que entró sin forzar la puerta y se marchó sin dejar huellas. No hay culpables, no hay pistas para saber qué ha pasado. Todo lo necesario para convertirse en una bomba informativa que aún dura una semana después, porque todavía no hay detenidos.
Los sucesos se han convertido en un género periodístico en sí mismo. Ocupan diariamente una página, cuando no dos, de la información de cualquier ciudad de provincias. Lo raro interesa, lo peligroso, lo extraño.
Los editores de los periódicos tienen más que comprobado que cuando hay algo gordo la cosa vende. El público consume horas de páginas, radio y tele sobre lo más truculento, sobre las miserias más profundas del ser humano. A todo mundo le encanta saber de las desgracias ajenas.
No lo reprocho, yo también lo hago cuando no hay otra oferta mejor. También me siento atraído por los titulares sensacionalistas y leo algunas informaciones de cabo a rabo en busca de detalles. Cuanto más macabros, mejor, porque consiguen saciar la sed de datos, en ocasiones para que no imaginemos cosas más allá de lo que ha ocurrido en la realidad, porque la mente es capaz de ir mucho más lejos de lo que imaginamos.
Del culto al suceso mucha culpa la tiene la televisión. A lo largo de nuestra vida hemos visto cientos de asesinatos, miles de agresiones, decenas de miles de muertes. La violencia ha entrado en nuestros hogares y en nuestras mentes y nos hemos acostumbrado a aceptarla como tal.
Estoy convencido de que muchos crímenes se cometen por imitación de lo oído, leído o escuchado. La absurda costumbre de no informar sobre los suicidios para no incitar a ellos debería quizás extenderse, y sería mucho más razonable, a los detalles de los asesinatos para no dar ideas a quien no las necesita.
En cualquier caso, los intentos por detener el morbo servirán para poco, porque su búsqueda la tenemos grabada a fuego en nuestro interior. Es inevitable, en la era del impacto rápido, de la sorpresa y el olvido inmediato. Así funcionan las desgracias ajenas. Impactan, sorprenden, pero se olvidan tan pronto...

No comments:
Post a Comment